Recuerdo
Recuerdo...
Recuerdo a mi mamá enseñandome a amarrar los zapatos, para dejar de pasar las penas que pasaba en el colegio cuando se me desamarraban.
Me recuerdo viendo los documentales de música clásica de la NHK, y recuerdo la sensación nostálgica que me dejaban las Danzas Húngaras de Brahms.
Recuerdo los discos de Richard Clayderman que tenía mi mamá, y que yo escuchaba y escuchaba sin parar. La escuché por años, hasta el día que mi papá trajo a la casa una colección inmensa de música salsa.
Recuerdo mi escuela y su cancha de fútbol con el pasto que nos llegaba a las rodillas. Y recuerdo que era de los últimos que escogían para armar los equipos.
Recuerdo el bus, de color amarillo, estacionado pudriéndose a un lado de la cancha, sin motor, sin puertas... sin alma.
Recuerdo el sandi que vendían a la salida, de colores rojo, amarillo, verde. Recuerdo que decían que era agua sucia, pero igual lo comprábamos y recuerdo que nunca me hizo daño.
Recuerdo, muy borrosamente, el carro del abuelo de Ana Cecilia, que nos llevaba a la escuela cuando estabamos en primero de primaria. Recuerdo, no tan borrosamente, la camioneta azul de don Arturo, que transportaba a mi hermana mayor. Y recuerdo perfectamente el renault 4 de Sonia, que nos transportó los últimos años de mi primaria.
Recuerdo mi casa. Grande, espaciosa, con el piso de baldosas amarillas y verdes. Recuerdo las constantes filas de hormiguitas que caminaban por ese piso. Recuerdo las ventanas y la puerta grande, metálica, primero de color negro, luego de color blanco. Recuerdo que no había timbre. Era necesario pegarle duro a la puerta para que abrieran.
Recuerdo el antejardín, y el muro alto que separaba la casa de doña Doris.
Recuerdo las tardes de café negro con aguapanela y pan, o chocolate y pan, que nos hacía mi abuela Carmelina, siempre a las 4. Y recuerdo el comedor blanco, grande, ovalado, en donde comíamos en casa. Recuerdo que cada uno tenía su puesto. Recuerdo que cuando murió mi hermana Lorena, mi mamá ubicó a mi hermana Ana Sofía en la silla que era de ella. Recuerdo que muy pocas veces mi abuela nos acompañó en el comedor.
Recuerdo el mueble que acompañaba la mesa, en donde se guardaban las copas y los platos finos. Recuerdo la gaveta de la izquierda, en donde se guardaban todos los dulces y las galletas.
Recuerdo la cocina, grande como un estadio. Recuerdo la olla metálica donde se guardaban las papas, y la piedra de moler incrustada en la baldosa de color azul claro. Recuerdo la estufa, que ya adolescente me tocaba reparar constantemente.
Recuerdo el primer patio, en donde se planchaba los martes, en los que Ercilia ponía música carrilera en la radio. Recuerdo el sol de la tarde caleña cayendo sobre la mesa de planchar, y a Ercilia, callada, planchando...
Recuerdo el segundo patio. Con muchas matas, y un lavadero inmenso, donde mi mamá acostumbraba a lavarse el cabello. Recuerdo que tenía un lavadero de traperos, donde muchas veces metimos los pies.
Recuerdo la tortuga que me trajo mi papá del Llano, tan grande que tenía que tomarla con las dos manos para levantarla. Recuerdo que se me perdía semanas en ese patio y que cuando la encontraba tenía que meterla en el tanque del lavadero para alimentarla con carne cruda.
Recuerdo a Pupy, el único perro que he tenido en toda mi vida. Recuerdo su amor por mí, su olor, su forma de caminar, su forma de mirar. Recuerdo la última vez que lo ví, negándose a la resignación de una nueva vida en la finca de mi papá.
Cuando uno mira sus bolsillos y se da cuenta que están llenos de recuerdos, es bueno sacarlos y escribirlos, para así hacer espacio para más recuerdos.
Febrero 2011.
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