La Muerte
“…Te encontraré una mañana
dentro de mi habitación.
Y prepararás la cama
para dos…”
Canción para mi Muerte
Sui Generis

Hasta ahora, he tenido que cargar ataúdes sólo dos veces en mi vida. Es posible que a medida que pasen los años y aquellas personas que uno quiere se empiecen a ir, sea necesario volver a la labor para de alguna forma manifestar mi respeto y cariño a quien deja este mundo para irse a uno mejor. Pero hasta ahora solo he cargado con el peso de dos cuerpos, de personas queridas que se fueron, tal vez porque ya era su hora o porque no quisieron estar mas aquí.

En todo caso, soy testigo de lo que pesa un muerto, hasta el punto de pensar que el ataúd de mi abuela se me iba a caer cuando ayudaba a llevarla a su última morada.

El otro cuerpo que ayudé a llevar fue el de la abuela de Juliana, aunque ya las cosas han cambiado porque ahora montan el ataúd en un carrito y uno lo que hace es arrastrar este por el cementerio hasta la correspondiente tumba, la preocupación y el cuidado ahora es porque el carrito no salga disparado por la inercia y no lo pare nadie, pues recuerdo que Agustín y yo empezamos a halar el dichoso carrito y cuando nos dimos cuenta estábamos lejos del cortejo fúnebre, que trataba de alcanzarnos a la carrera bajo el sol terrible del Cementerio Metropolitano del Sur.

El primer muerto que vi en mi vida fue un cura. El sacerdote de la iglesia La Milagrosa, que quedaba cerca de mi casa, se murió bastante joven y lo velaron en la iglesia, y mucha gente fue a verlo, entre ellos mi abuela, que me llevó de la mano como si fuera a visitar a su hermana, y me arrimó a la caja color café con la naturalidad de quien ha convivido con la muerte durante muchos años, y me mostró al sacerdote muerto, con su sotana blanca, pálido y bien peinado. Creo que desde ese momento fui consciente de la existencia de la muerte.

Mi abuela en cambio tuvo siempre una fuerte relación con los muertos. De esto me enteré yo años después cuando mi hermana Ana Sofía escribió su historia para la tesis de su grado como periodista, pero esto es otra historia, por cierto ya escrita.

Años después se murió mi bisabuela Paulina, la abuela de mi papá. Fue el segundo velorio al que asistí en mi vida y el primero de un familiar. No recuerdo muchas cosas pues así como cuando en la vida ocurren cosas que te hacen ver todo más rápido, cuando la muerte llega y aparece en la puerta sin avisar, también hace que algunas cosas pasen tan rápido que no recuerdes los detalles. Sin embargo, puedo recordar tres cosas de la muerte de mi bisabuela:

Primero, que la velaron en la casa contigua a la de ella, desconozco las razones, pero yo no dejaría que velaran a un vecino en mi casa, por más cariño que le tuviera, para eso están las funerarias. Aunque pensándolo bien, sí dejaría velar en mi casa a mis amigos del Club del 30.

Segundo, la copa con agua que pusieron en el piso, bajo el ataúd. Cuando llegamos, mi hermana Lorena le preguntó a mi abuela Ligia el por qué de aquella copa, a lo que ella respondió que era para que el espíritu no tuviera sed. Recuerdo muy bien que aunque no nos dijimos nada, durante todo el tiempo que permanecimos en el velorio Lorena y yo estuvimos muy pendientes del nivel de agua en la copa, y podría decir que sí disminuyó, pero no mucho. Por lo visto mi bisabuela Paulina no tenía mucha sed, o tal vez estaba más interesada en llegar rápido a donde iba y no tuvo tiempo de tomarse toda el agua…

Lo tercero que recuerdo fue el llanto de mi papá antes de meter el ataúd en el hueco del cementerio, uno de esos en donde las tumbas no están bajo tierra sino en paredes y en lugar de bajar la caja, es necesario subirla entre varios para meterlo en el respectivo agujero. Lo recuerdo porque nunca antes había visto llorar a mi papá y fue verdaderamente fuerte para mí ver a mi héroe desarmado, a esa persona que hasta ese momento me había enseñado mil cosas en la vida y demostrado fortaleza y carácter, y que ahora lloraba como un niño. Años después, ya adulto, he comprendido que los héroes también necesitan llorar…

Después pasaron muchos años, y mi relación con la muerte se fue distanciando, pues la única visita que nos hizo fue aquella vez que atropellaron a Muñeco, el perro de mi hermana. Yo tuve que ir a reconocer su cadáver, tirado en plena Calle 7ª. La llanta del carro que lo atropelló le aplastó el hocico, pero de resto estaba completamente reconocible, así que no dudé en dar mi parte positivo al reconocimiento.

Sin embargo, cuando yo tenía quince años, mi hermana Lorena, de diecisiete, falleció dejando una marca imborrable en mi alma, recordándome que la muerte existe y que, así como tocó la puerta de la casa de mi bisabuela, puede tocar la de cualquiera. Lorena fue la primera familiar realmente cercana que se me murió.

De la muerte de mi hermana tengo muchos recuerdos. La metieron en un ataúd de color blanco, la vistieron de blanco y le pusieron una rosa roja en las manos. Murió a las 11 de la mañana y 24 horas después la enterraron en el Cementerio Jardines del Recuerdo, en una tumba que mi mamá le había comprado a Rodrigo, un primo de ella, algunos años atrás. A Rodrigo lo mataron años después en la cocina de su casa.

La muerte de Lorena nos marcó a todos. Durante mucho tiempo mi mamá anduvo desorientada por la vida, ver llorar a mi papá ya no era extraño, y mis hermanos y yo quedamos algunos meses a la deriva. Afortunadamente para mí, durante esos meses aparecieron en mi vida Alvin, Jorge y Edgar, quienes de ahí en adelante no se separarían en muchos años, hasta cuando las cosas de la vida de la gente normal aparecieron y hoy solo queda la amistad a distancia.

A Lorena la sigo llorando todavía, la marca de su muerte aún me persigue, sobre todo porque por decisión mía yo la lloro de a poquitos, y no he terminado. Eso me sirve para purgar sentimientos. Y cada que lloro por ella le digo: “Vieja, no he terminado de llorarte, y no sé cuándo termine, pero cuando lo hago, siento que estás aquí conmigo…” y entonces recuerdo aquella frase de Silvio Rodríguez: “Ojalá pase algo que te borre de pronto, una luz cegadora, un disparo de nieve, ojalá por lo menos que me lleve la muerte…”

Varios años después mi abuela Carmelina, aquella que de niño me llevó a visitar al cura muerto como si fuera a visitar a su hermana, empezó a enfermar. Yo siempre tuve mucho respeto por mi abuela, y aunque ya entrada en años era una viejita muy cansona, tengo recuerdos muy bonitos de cuando yo era niño, las radionovelas que escuchábamos por las tardes acostados en su cama y las historias que contaba de su juventud, de gente que yo nunca conocí en persona. Recuerdo muy bien su temperamento, la forma como regañaba a todo el mundo, especialmente a las empleadas del servicio. Y recuerdo lo bien que cocinaba, el muchacho relleno que le hacía a mi papá, los indios que al principio no me gustaban y ahora los añoro, y el infaltable frito de los almuerzos.

Mi abuela murió de viejita. Es decir, obvio que se enfermó, pero esas enfermedades fueron producto de su edad. Murió en el Hospital Departamental y la cremaron en el Cementerio que queda en la vía a Yumbo. Recuerdo que alguien dijo que su deseo era que las cenizas las tiraran al río Cauca, pero nadie hizo eso, las enterraron en el mismo cementerio donde está el cuerpo de Lorena. Tal vez por eso no me impactó tanto su partida, pues era algo que esperábamos y sabíamos que de un momento a otro llegaría.

De su muerte tengo tres recuerdos: la tristeza de mi mamá sentada en la puerta de la cocina, manifestada con su llanto; ver llorar calmadamente y en silencio a mi tío Alirio; y como comenté al inicio, lo pesado del ataúd.

Después seguiría José Alirio mi entrañable amigo desde la noche en que lo conocí, en la que juntos terminamos tirados en el suelo de un parque, completamente borrachos, acompañando nuestro vacío. José Alirio estudiaba medicina, era compañero de Alvin y gracias a su forma sencilla de ver la vida, a sus buenísimos chistes y a su melancolía que florecía con el trago, encajó muy bien con el Club del 30 y participó de aquellas reuniones en que cantábamos, reíamos y llorábamos al lado de una o varias botellas de ron.

José se mató en un accidente de tránsito junto con su hermana, en una carretera del Valle. Al parecer se les atravesó un bus, dejándolo a él instantáneamente muerto. Así, la muerte apareció de nuevo en mi vida, dejando a José y a su hermana metido cada uno en un ataúd de color verde, y a su otra hermana sola, mirando alternadamente el cuerpo de cada caja y llorando con muchísima tristeza.

Pasaron muchos años. Durante los cuales aquella señora de túnica negra no se apareció por mis lares. Sí murieron familiares, como Rosita la hermana de mi abuela, u Orfilia la tía de mi mamá que murió un primero de enero; pero fueron muertes esperadas, que uno en el fondo sabía que por la edad de estas personas la señora de la túnica debía venir pronto por ellas. Fue tiempo después cuando me golpeó de nuevo, con la muerte de mi madrina Julieth.

Julieth, mi madrina, era prima en segundo grado de mi mamá y su más grande amiga, tal vez porque compartieron muchos años de su infancia y adolescencia. Era una señora extremadamente gorda, casada con un señor gordito y bonachón, Héctor, de quien he vuelto a saber poco después de la muerte de Julieth.

No conozco muy bien su historia pero cuando yo era niño, en las vacaciones siempre viajábamos a visitarla, ya fuera a Toro, Roldanillo o Cristo Rey. Años después cuando su situación económica se volvió más difícil que siempre, la pareja se fue a vivir a Cali, contando siempre con el apoyo de mi mamá y debo decirlo, también con mi apoyo, pues varias veces a través de mi madre les mandé algún dinero o les compré algún mercado.

Siempre fue una mujer enferma, tal vez por lo gorda o por los problemas, y nunca tuvo la atención requerida. Mi madrina era una de esas señoras que uno sabe que necesita más atención, pero al fin de cuentas nadie se la da… ni siquiera uno mismo.

Venía más enferma que de costumbre, mi mamá me decía que la veía muy mal, que posiblemente tenía cirrosis. Hasta que una tarde, en que estaba visitando a mi hijo, recibí la llamada de mi hermana Ana Sofía para decirme que Julieth se había muerto. Cuando se es grande se es más consciente de las cosas, tal vez por eso sentí un gran peso y una gran tristeza cuando supe lo de su muerte. Corrí hasta su casa, la puerta de la calle estaba abierta, entré sin saludar y caminé hasta su cuarto. La vi ahí, acostada, con la boca abierta, recién muerta y lo único que atiné a decir fue “Se murió mi madrina!!”.

Al momento caí en la cuenta de que mi mamá estaba ahí. Me acerqué y la abracé de la misma forma que cuando mi hermana murió. Un abrazo entrañable, lleno de amor y de tristeza, un abrazo de “Aquí estoy con Usted mamá”. Después del abrazo, ella se acercó al cuerpo de Julieth, le tomó de la mano y le agradeció profundamente su amistad, su cariño, su amor y su paciencia para con ella. Le dio una bendición y se retiró del cuarto. Cuando yo muera, me gustaría que mis amigos hicieran lo mismo…

No había plata para el entierro. En esos momentos mi vida era un caos, tanto espiritual como económicamente, por eso no pude aportar lo que me hubiera gustado. Un vecino amablemente prestó el dinero y así pudimos ir a buscar los servicios funerarios.

Salí con Elena, la hermana de Julieth, primero a Comfenalco a conseguir el certificado de defunción, por el que tocó rogarle a una médica que decía que cómo iba a firmarlo sin ver al muerto… Después de la insistencia de Elena, al fin firmó. Luego a la funeraria, en donde la atención fría y algo cortés de los funcionarios permitió cuadrar un servicio funerario modesto, con cremación incluida.

Recuerdo dos cosas de ese momento, la primera que fue necesario escoger el ataúd más grande que había para que mi madrina cupiera. La segunda, a una mujer extremadamente bella, de vestido negro y zapatos verdes, asistente a alguno de los velorios que transcurrían en ese momento, que me miraba y me miraba con unos ojos preciosos, pero no era momento para pensar en eso, ni para ella ni para mí.

A Julieth la cremaron en el mismo cementerio que a mi abuela. No sé que pasó con sus cenizas.

La última visita de la muerte fue este año, cuando de un momento a otro la abuela de Juliana, que a pesar de su edad parecía un roble, falleció dejando una marca de tristeza en su familia.

Doña Flor, o doña Jlorcita como le decía yo, era una viejita amable, chistosa, querida por muchísima gente, tanto por su don de gentes como por su habilidad para hacer cortinas y para cocinar. Era una de esas personas que uno cree que nunca se va a morir, pero al igual que todas las demás se va cuando llega su hora.

Al principio me cayó mal, por su forma temperamental al hablarme, aunque era completamente comprensible si se tiene en cuenta que yo aparecí para llevarme al altar a su nieta Juliana, a quien ella crió y por quien desbordaba de cariño. Pero con el tiempo nos empezamos a llevar bien, tanto que me defendía cuando discutía con su nieta y cuando nos separamos más de una vez demostró que se preocupaba mucho por mí.

Le dio un derrame cerebral y murió tres días después del cumpleaños de Juliana. Viajé a Cali con Federico a su entierro, que fue en el Cementerio Metropolitano del Sur. Fue ahí donde el ataúd casi sale rodando solo montado en el carrito por la inercia, como si doña Flor tuviera afán de irse, haciendo que Agustín y yo aplicáramos lo aprendido en Física para evitar un desastre. Pensándolo bien, doña Flor sí tenía afán de irse, quería reunirse con su esposo, don Elías, de quien se había separado hace mucho tiempo y tres años antes había fallecido. Allá, para donde iba, no encontraría todos los prejuicios, odios y tristezas que los hicieron vivir separados en este mundo.

Hasta el día de hoy, esa ha sido mi relación con la muerte. Es claro que en cualquier momento aparecerá de nuevo para recordarme que la vida se acaba, cualquier vida, y que nada es seguro en este mundo en que vivimos.

Espero solamente que cuando venga a tocar mi puerta, yo esté lo suficientemente viejo para no tener fuerzas para abrirle, y pueda mirar hacia atrás con satisfacción, con la alegría del deber cumplido en esta vida y sin miedos hacia ella.

Quiero que cuando tenga que abrirle la puerta sea tal lo hecho en esta vida, que al momento de mirar la muerte a los ojos, le pueda sonreír.

Noviembre de 2011.

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