Un baño de agua fría es lo que menos necesito hoy

Me gusta bañarme con agua fría. Me gusta recibir ese chaparrón de sensaciones, donde la piel se eriza, los párpados se abren, la respiración se corta. Me gusta sentir esas gotas heladas bajando por mi cuerpo, llenándome de energía matutina. A manera de ego creciente, pienso para mí mismo que una de las razones por las que tengo tan buena salud es porque me baño con agua fría. No importa si estoy en Bogotá, esta ciudad gris, fría y malagradecida. O en Cali, ciudad caliente pero igual de malagradecida, donde el agua fría es tibia, a pesar que los demás digan lo contrario.

Hoy me desperté a las cuatro, como ha venido pasando frecuentemente en los últimos meses. Abrí los ojos bajo esa penumbra de la madrugada y me quedé mirando por un rato el techo imaginario detrás de la penumbra. Los perritos se despertaron y empezaron a caminar alrededor de la cama, como reclamándome, por haberlos despertado con mis movimientos en la cama. Yare no se despertó. Casi nunca se despierta. Tal vez por lo cansada que se acuesta. 

Me levanté a orinar, después de acostumbrarme a la oscuridad. La ventana del baño mostraba un cielo que anticipaba un día gris, como la mayoría en esta ciudad. La calle, abajo, a la que me asomo inclinándome para mirar por la pequeña ventana, mostraba la soledad cotidiana de la madrugada. Miro varios segundos a la calle, los edificios del frente, el cielo y sus nubes. Miro y me reflejo en la tristeza de la escena. Lo veo venir, lo presiento, lo presiente mi piel: va a ser uno de esos días de frío, de ojos entre abiertos y canciones apagadas de Bob Dylan o Christopher Cross. Un día dónde las almas de los que no están regresan para atormentarme, o para escucharme, no sé... Será un día, como uno de tantos, donde el alma se ahoga en el silencio detrás de cada sonrisa hacia mi familia. Donde detrás de cada atención y broma se esconde esa presión en el pecho, esa sensación de abandono, esas ganas de correr.

Salgo del baño y me vuelvo a acostar con la ilusión pasajera de dormir otro rato. Los perritos, mucho más listos y tranquilos que yo, duermen plácidamente de nuevo. Han intercambiado camas. La madrugada sigue siendo noche, la luz del día aún no llega.

Me acuesto boca arriba a mirar el techo que ahora puedo ver con claridad. Cierro los ojos por un instante, esperando caer en ese sueños esquivo, pero solo unos segundos después los vuelvo a abrir. Es ahí donde empieza mi suplicio. Es cuando empieza el carrusel de pensamientos, mezclados con recuerdos de mi vida. Me digo a mí mismo, para tranquilizarme, que ha sido una buena vida, llena de experiencias fantásticas y personas interesantes. Siguen pasando por mi mente escenas, palabras, personas, días, noches... que sacuden el sueño y me dejan completamente despierto, a pesar de que he decidido cerrar mis ojos.

Antes de las seis, antes de que suene la alarma del teléfono para recordarme que la noche se acabó hace rato y que no logré volver a dormir, me giro hacia Yare, que sigue dormida. Acaricio su cabello, tomo su cara con mi mano izquierda, hago girar su cabeza y con mis labios busco los suyos, no solo para darle un beso de buenos días, sino para espantar los espíritus que me rodean, para decirles que lo real no son ellos, sino la chica que tengo al lado.

Me siento en la cama. Los perritos, sobre todo el macho, saltan emocionados porque saben que el día ha llegado, que pronto saldrán a pasear. Yo, por mi parte, me limito a acariciarles el lomo, el cuello y me levanto en dirección, de nuevo, al baño, para "empezar" oficialmente mi día, aunque haya empezado hace rato.

Me gusta bañarme con agua fría. Pero hay días, como hoy, donde un baño con agua fría es lo que menos necesito. Tal vez para engañar a los espíritus y que crean que aún estoy dormido, no me permito despertarme del todo con el agua fría de la ducha. Prefiero que piensen que estoy dormido, para que no molesten tanto durante el día.

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