El día del padre
Este fin de semana fue el día del padre. Carlos Andrés, mi gran amigo de toda la vida, estuvo preguntándonos por WhatsApp si sabíamos qué habíamos aprendido de nuestros padres. Ninguno de los miembros del grupo del Club del 30 tuvo una respuesta verdadera. Todos los padres enseñan cosas. Enseñanzas profundas. Yo tampoco supe qué contestar en ese momento. Dije que, más que enseñar, mi papá me ha enseñado a no ser como él. Siempre he pensado que mi papá es un ejemplo de lo que no se debe hacer.
Sin embargo, horas más tarde recordé aquél escrito que le hice a mi papá, para uno de sus cumpleaños, un siete de octubre, que se titulaba "Lo que heredé de mi papá". Era uno de esos escritos de varias páginas que a veces me salen desde el corazón directico a las manos y los dedos. En él describía varias cosas que realmente he aprendido de mi papá. Creo que él es el único que tiene el original de ese escrito, porque en todos mis archivos no lo pude encontrar. Lo perdí para siempre. Pero bueno, al final, puede que mi papá no sea el mejor ejemplo de vida, pero sí heredé muchas cosas de él, buenas y malas.
El domingo empezó como un día normal. Pensé en ese momento que así iba a ser: un domingo más. De esos cuyas tardes atormentan el alma. Mi esposa se encargó de los perritos y pidió uno de esos desayunos sabrosos de Hornitos. Primeras cosas diferentes a los días regulares. Llamé a mi papá para felicitarlo. Lo sentí tranquilo. Ha estado solo todo este tiempo de cuarentena. Pero estaba con los otros hijos. No me pareció malo.
Luego mi esposa se acostó de nuevo. Se mantiene cansada. El ritmo de trabajo en semana. Yo pensé otra vez que iba a ser un domingo gris y tormentoso. Federico, mi hijo, me llamó como a las once, se acababa de levantar. Me felicitó con sus palabras de adolescente. Si supiera todo lo que lo quiero. Si supiera que tan solo quiero que sea feliz. Que sea buena persona. Que haga con su vida lo que quiera, sin pasarle por encima a los demás. Un par de horas mas tarde me empezó a dar hambre. Mi esposa seguía dormida. Roncaba, cansada. El día anterior me había dicho que íbamos a ir a comprar almuerzo a Gaira. Ya era la una. Al parecer no habría almuerzo.
Se despertó casi a las dos. Yo no dije nada. No esperaba nada. Era un domingo más. Dijo que podíamos pedir almuerzo por Rappi. Le recordé que en el pasado día de la madre todos esos servicios de domicilio colapsaron. Dijo que mejor haría almuerzo. Me preguntó qué quería. Me acordé del salmón que estaba en el congelador hace unas semanas. Listo. Se levantó directo a la cocina. Puso a descongelar el salmón. Pelamos varias papas y puso a hacer puré. Se fue al baño a bañarse.
Hizo salmón al horno. Le quedó delicioso. Lo acompañamos con Merlot. Últimamente, en esta cuarentena, tomamos vino cada fin de semana. El almuerzo, su compañía y su sonrisa arreglaron el domingo. Se lo dije. La amo infinitamente.
Me estoy leyendo una novela larguísima de Ricardo Silva: "Cómo perderlo todo". Muy buena hasta ahora. Es una novela para lectores expertos, como yo. Tiene miles de caminos, muchos actores, cientos de situaciones, que se entrelazan, se enredan y se vuelven a soltar.
Ya tengo título para mi libro. Se va a llamar "Todas las tardes son domingo". No tengo toda la historía todavía. ¿Cómo hacen para ser tan creativos? Esas historias, entrelazadas, enredadas ¿salen de su propia vida? ¿de su propio sufrimiento?. Últimamente, todas mis tardes son domingo.
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