Pocos saben ser pobres
Hace un tiempo me leí un libro que compré en El Ateneo, en Buenos Aires; esa hermosa librería que ocupa hoy lo que alguna vez fue el teatro Grand Esplendid, en Recoleta, sobre la Avenida Santa Fe. El libro se llama "Mamá", y lo escribió José Fernández Díaz. Cuenta la historia de María del Carmen Díaz, su mamá, nacida en España y migrante a La Argentina por cosas de la propia vida. Es una historia muy profunda, escrita con mucho corazón. A través de esa narrativa paciente, melancólica, algunas veces desesperante, el autor nos toca el corazón con el dificil camino de su madre a través de la vida que le tocó vivir.
Lo recordé porque actualmente, con mi esposa, como siempre, estamos viendo series. Y esta vez le tocó a "Anne with an E". Es la historia de una niña huérfana, en la Canadá de finales del siglo XIX. Es una adolescente soñadora, impaciente, romántica.
¿Por qué relaciono la serie con el libro? Porque ambos hablan de la belleza de la pobreza. Algo que pocos ven. La pobreza es bella porque es sincera, porque es agradecida. En el libro y en la serie, tanto María del Carmen como Anne, tienen la altísima capacidad de ver lo que la mayoría de gente no ve, y de entender lo que pocos entendemos: que ser pobre significa estar abierto a miles de posibilidades. Que las condiciones críticas de la vida hacen que cualquier camino alterno se convierta en posibilidad. Que siempre estén abiertas a las diferentes clases de amor que existen, que el resto de mortales, con nuestra miopía existencial, no vemos o no queremos ver. Al final, lo que nos demuestran es que esa vida pobre es realmente una vida rica, ellas tienen algo que nosotros, por más plata que tengamos, no vamos nisiquiera a poder sentir.
He tenido en mi vida momentos económicos difíciles, cuentas pendientes por meses, bancos persiguiéndome... pero nunca me he ido a la cama sin comer. Tal vez por eso hay cosas que no sé, cosas que no he sentido y no puedo atestiguar. Pero, como muchos otros, intento al menos alinearme con los sentimientos de algunas personas. Y puedo, hasta las lágrimas, vibrar con quienes tienen necesidades mayores a las mías.
Tener necesidades económicas, la mayoría de las veces, es completamente opuesto a tener necesidades del alma. El agradecimiento es una fortuna. Si todos lográramos vivir asi, en el agradecimiento, seríamos infinitamente más felices, infinitamente más ricos.
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